La filosofía cristiana contemporánea tiene un grave problema con la antropología. En su intento por dialogar con la sensibilidad moderna ha roto con la tradición, ha ido desplazándose, casi sin advertirlo, desde la comprensión clásica del hombre como un ser espiritual-encarnado hacia una nueva imagen: la de ser natural- espiritualizado. El resultado no es un matiz, sino una inversión radical que amenaza con vaciarla de su contenido espiritual.
Este giro naturalista resonde, en buena medida, a pretender ofrecer una antropología de la resurrección, cuando es un misterio y no debería ser el fundamento de la dilosofía. Y la que se está ofreciendo es imcompatible con la doctrina de la inmortalidad del alma y con que es creada directamente por Dios, con lo cual, se comprometen seriamente las apiraciones apologéticas de la filosofía crsotiana.
Salvador Anaya reivindica un cambio de paradigma, propone recuperar una visión decididamente espiritualista del hombre, entendiendo el alma como un ser espiritual sustantivo, pero unido sustancialmente al cuerpo.
Una propuesta original, pero que reclama fidelidad a la doctrina y a la tradición filosófica de san Agunstín o santo Tomás.